Durante mucho tiempo, mi vida estuvo rodeada de victorias: cinturones, objetivos cumplidos y momentos que había imaginado miles de veces antes de vivirlos. Con los años, sin embargo, he comprendido algo. Ganar te enseña mucho sobre lo que eres capaz de hacer; perder puede enseñarte quién eres.
Un resultado puede cambiar muchas cosas: un récord, un cinturón de manos o lo que se dice de ti durante una noche. Pero hay algo que ningún resultado puede arrebatarte: el carácter.
Hoy entiendo que esa ha sido siempre mi verdadera historia. No la de un hombre que nunca cayó, sino la de alguien que, cada vez que la vida puso algo delante de él, decidió continuar. Porque el resultado decide una noche; el carácter, una vida.
Y, para entender de dónde nace ese carácter, tengo que volver muchos años atrás
Recuerdo un Campeonato de Europa de jiu-jitsu en Lisboa. Era muy joven, había ido a competir junto a mi hermano y perdí un combate a los puntos. Después me senté en las gradas. La competición continuaba delante de mí, pero yo estaba en otro lugar: estaba pensando.
Entonces sentí algo que todavía recuerdo con absoluta claridad y me dije: «Yo voy a ser alguien».
Cuando eres un niño, no sabes explicar exactamente qué significa una frase así. Claro que sueñas: piensas en ganar competiciones, en viajar, en tener coches, ropa y todas esas cosas que, a esa edad, representan el éxito. Sin embargo, detrás de todo aquello había algo mucho más profundo.
Yo veía trabajar a mi madre y a mi padre; veía la vida que llevábamos, parecida a la de millones de familias, y quería cambiarla. Quería darles tranquilidad, conseguir la libertad suficiente para que los míos pudieran vivir mejor. Por eso, cuando aquel niño sentado en una grada pensó «voy a ser alguien», en realidad estaba haciéndose una promesa.
Todavía no sabía cómo, cuánto tardaría ni qué tendría que sacrificar. Ni siquiera sabía hasta dónde podía llegar. Solo tenía una certeza: quería construir una vida diferente para los míos.
Aquel día no nació un campeón; nació una promesa.
Hay momentos que te cambian sin que, mientras ocurren, seas consciente de ello. Uno de los más felices que recuerdo, llegó después de pasar casi seis años lejos de mis padres. Ellos estaban en España; nosotros, en Georgia. Entre la distancia, las dificultades con la documentación y un proceso de reagrupación familiar que parecía eterno, solo esperábamos el día en que pudiéramos volver a estar juntos.
Cuando eres pequeño, tus padres son tu mundo. Tu padre es invencible: el hombre al que crees que nadie puede ganar, el que puede protegerte de cualquier cosa. Tus padres son tus héroes.
Un día nos dijeron que la reagrupación familiar había sido aprobada. Recuerdo la llegada de mi padre para llevarnos a mi hermano y a mí a España. Fue uno de los momentos más felices de mi vida y, al mismo tiempo, uno de los más difíciles, porque volver con mis padres significaba despedirme de mis hermanas, de mis abuelos, de mis amigos y de todo el mundo que había conocido hasta entonces.
Ese día entendí algo que comprendería mucho mejor con los años: hay momentos decisivos que pueden doler y hacerte feliz al mismo tiempo. Me marchaba de un lugar que amaba para volver con las personas que más amaba.
España era una aventura: un país, un idioma, una cultura y una vida nuevos. Sin saberlo, aquella experiencia me regaló algo que después me acompañaría siempre: la capacidad de empezar de nuevo. Cambiar de ciudad o de país, conocer gente, adaptarme, entrar en un lugar desconocido sin saber exactamente qué iba a ocurrir… Todo aquello dejó de asustarme.
Había aprendido muy pronto que mi hogar no era necesariamente un lugar; mi hogar eran los míos. Quizá por eso, cada vez que la vida me ha obligado a comenzar otra vez, alguna parte de mí ya sabía cómo hacerlo.
Antes de llegar a España habíamos vivido momentos muy complicados. Habíamos sufrido la guerra de 2008 en Georgia, pasado años lejos de nuestros padres y conocido situaciones que, cuando eres pequeño, no siempre sabes explicar, pero que se quedan dentro de ti. Aun así, recuerdo una sensación muy fuerte: esto va a pasar.
No sé de dónde venía; sencillamente, tenía fe. Sentía que aquel momento no iba a durar para siempre, que nuestra vida podía cambiar. Y cambió.
Cuando llegamos a España, parecía que se hubiera abierto una puerta completamente nueva. Volvíamos a estar con nuestros padres, vivíamos en una urbanización con piscina y pista de pádel, teníamos el instituto cerca y cada día conocíamos a alguien. Para mí, todo era increíble. Incluso aprender español se convirtió en una aventura. Mi hermano y yo nos propusimos hablarlo en seis meses y nos volcamos en conseguirlo.
Después llegó el gimnasio; luego, el deporte y las primeras competiciones. Nuestros padres nos apoyaban, pero poco a poco entendimos que nuestros sueños también iban a exigirnos responsabilidad. Si queríamos competir, viajar y seguir avanzando, tendríamos que trabajar y encontrar la manera de sostener aquel camino.
Entonces empecé a comprender algo: cuando eliges aquello que de verdad amas, la repetición cambia de significado. Tendrás que hacer lo mismo miles de veces —entrenar, repetir, equivocarte y volver a empezar—; por eso es tan importante elegir algo que no te pese repetir. Yo lo había encontrado. Había elegido el deporte desde el amor y podía regresar al gimnasio cada día.
Pero, incluso por encima de la disciplina, había algo que nunca perdí: la fe. Aun sin pruebas de que las cosas fueran a salir bien, creía que podían hacerlo. La vida ya me había enseñado que una situación difícil podía transformarse por completo; por eso aprendí a creer antes de tener pruebas.
Más tarde entendí que muchas de las cosas más importantes que he conseguido comenzaron exactamente así: primero las creí; después trabajé para convertirlas en realidad.
A los quince años tomamos una decisión que, vista desde hoy, era enorme. Entonces no éramos del todo conscientes de lo que significaba. Mi hermano, que tenía dieciséis, fue quien habló con mi padre: le dijimos que queríamos volcarnos en el deporte, que aquello no era un pasatiempo y que deseábamos dedicarle nuestra vida.
No podíamos prometer que seríamos campeones ni enseñar un contrato; no teníamos ninguna garantía. Éramos dos chavales con una ilusión inmensa y una fe casi irracional en lo que hacíamos. Nuestros padres vieron nuestra dedicación, cuánto nos apasionaba aquello y que teníamos cualidades. Confiaron en nosotros.
Con quince años todavía no entiendes por completo el precio de una decisión así. No piensas en lo que harás una década después; solo sabes que has encontrado algo que amas. Empezamos con jiu-jitsu brasileño, grappling, algo de lucha y clases de MMA. Luego llegó mi primera pelea amateur.
Todavía recuerdo el miedo. Llegué, miré a mi rival y pensé: «¿Qué hago aquí?». Me parecía un hombre hecho y derecho. Durante un instante incluso pensé en no subir, pero subí y lo finalicé. Hubo una situación extraña, el combate se reanudó y volví a finalizarlo. Lo importante de aquella noche, sin embargo, no fue ganar, sino conocer el miedo. Puedes imaginar muchas veces cómo reaccionarías ante algo, pero no lo sabes hasta que lo tienes delante. Aquel día tuve miedo y avancé de todos modos.
Con los años llegaron más entrenamientos y combates, los recortes de peso, los viajes y las responsabilidades de la vida adulta. Entonces entendí algo que a los quince no podía comprender: había elegido un camino y había dedicado mis horas a recorrerlo. Mientras otros estudiaban profesiones distintas, yo estudiaba el combate; mientras construían sus vidas, yo levantaba la mía. Mi responsabilidad era hacer que aquella decisión valiera la pena.
A los dieciocho años comenzó mi carrera profesional. Llegaron las peleas por Europa —Finlandia, Bélgica— y después Brave. Entonces llegó Baréin, una noche que se convirtió en uno de los puntos de inflexión de mi vida.
En el primer asalto recibí una patada muy fuerte en la cabeza y caí. En ese instante desaparece toda la teoría: puedes repetir mil veces que nunca te rendirás y creer que sabes quién eres, pero hasta que la realidad no te golpea no conoces del todo tu reacción. Yo reaccioné. Me levanté, continué peleando y terminé ganando.
Aquel día no descubrí simplemente que podía ganar una pelea; descubrí cómo respondía mi carácter cuando todo se ponía en contra. Y tuve una certeza: podía ser campeón del mundo. No porque creyera que nadie podría hacerme daño ni porque me sintiera invencible, sino precisamente, por lo contrario. Había comprobado que podían golpearme, derribarme y llevarme a una situación desconocida y que, aun así, yo intentaría levantarme.
Ese día no gané solamente una pelea; descubrí quién era.
Hay momentos que imaginas tantas veces que terminas creyendo que sabes exactamente cómo sucederán. Durante años pensé en la llamada de la UFC: en mi cabeza llegaría en el instante perfecto, cuando estuviera en mi mejor forma, entrenando, preparado física y mentalmente, con todo bajo control. Pero la vida casi nunca te pregunta si estás preparado.
Era la época del COVID y yo acababa de pasarlo bastante mal. Durante varios días apenas había podido levantarme del sofá. Para alguien que ha construido gran parte de su vida alrededor del cuerpo, del entrenamiento y de sentirse fuerte, era una sensación muy extraña: mi cuerpo no respondía como de costumbre.
Cuando por fin di negativo en una PCR, decidí salir a correr y me marqué un objetivo sencillo: treinta minutos. A los diez ya me faltaba el aire; a los quince tuve que dar la vuelta. Regresé completamente agotado y me senté en las escaleras, intentando respirar, mientras pensaba que todavía llevaba las secuelas del COVID dentro del cuerpo.
Justo entonces sonó el teléfono. Era Malki Kawa, mi representante en aquel momento: la UFC lo había llamado porque Youssef Zalal se había quedado sin rival y existía la posibilidad de sustituirlo. Mi debut sería dentro de ocho días, en Abu Dabi. Su recomendación fue clara: debía aceptar.
Lo curioso es que yo no necesitaba pensarlo demasiado. Dentro de mi cabeza no apareció un «no», ni siquiera una lista de problemas. Mi respuesta interior fue inmediata: sí, voy.
Aquella decisión no la tomaba solo el Ilia que estaba sentado, exhausto, en unas escaleras. La tomaban también el niño que llevaba años soñando con ese momento, todas las horas de entrenamiento, cada competición, cada viaje y cada vez que me había imaginado llegando hasta allí. Me había preparado durante años para recibir esa llamada; lo único que no había preparado era la forma en que iba a llegar.
Entonces empezaron los problemas. Estaba once o doce kilos por encima del límite de la categoría y disponía de ocho días para bajarlos. Necesitaba un visado específico para competir y debía viajar de Alicante a Madrid para tramitarlo. Firmar con la UFC exigía, además, una cantidad enorme de requisitos médicos: análisis, revisiones y pruebas que normalmente requieren tiempo. Nosotros no lo teníamos.
Muchas personas nos ayudaron a acelerar el proceso, pero cada hora contaba: Madrid, embajada, hospital, pruebas médicas, recorte de peso, viaje y, finalmente, Abu Dabi. Mientras todo aquello sucedía, mi cuerpo seguía recuperándose del COVID.
Hasta entonces, mi plan era muy distinto. Tenía previsto viajar a Miami para entrenar y prepararme mientras esperaba una oportunidad en la UFC, y había organizado mis recursos alrededor de esa idea. De pronto ya no había plan: había una oportunidad y teníamos que resolver todo lo demás sobre la marcha.
También estaba el dinero. En ese momento ya podía mantenerme gracias a las peleas, pero seguía viviendo prácticamente mes a mes. Viajar, desplazar al equipo y afrontar aquellos gastos no era insignificante para mí. Había razones de sobra para sentir miedo: ¿me aprobarían el visado?, ¿llegaría al peso?, ¿respondería mi cuerpo?, ¿resolveríamos a tiempo los requisitos médicos? Pero hubo una pregunta que nunca apareció: «¿Acepto la pelea?». La respuesta siempre fue sí.
Por un momento pensé en pedir consejo, en llamar a alguien y preguntar qué debía hacer. Después me pregunté: «¿A quién voy a llamar?». Nadie podía vivir aquel instante por mí. Hay decisiones para las que nadie puede ofrecerte una respuesta perfecta, porque nadie ha recorrido exactamente tu vida. Puedes escuchar consejos y atender a quienes quieres, pero llega un punto en el que necesitas oír algo más profundo: tu instinto.
Yo siempre había confiado en el mío, y me decía que siguiera adelante. No sabía cómo resolvería todo; sabía que tenía que hacerlo.
Cuando recibí el contrato de la UFC estaba solo. Lo abrí y me quedé mirándolo. Durante años, aquellas tres letras habían sido un sueño; ahora estaban delante de mí, impresas en un contrato que llevaba mi nombre. Firmé y recuerdo perfectamente lo que sentí: «Guau. Lo he conseguido. Mi vida acaba de cambiar».
Todavía quedaba prácticamente todo por hacer —el visado, el viaje, el peso, la pelea—, pero aquel papel significaba algo: ya no era un chico que intentaba llegar a la UFC; era peleador de la UFC.
Viajé a Abu Dabi acompañado por Agustín y Jorge Climent, mis entrenadores en aquel momento. Llegar allí durante la pandemia parecía entrar en otro mundo. Habían creado una burbuja para celebrar los eventos: controles constantes, PCR, cuarentenas y personas completamente protegidas que nos recibían. Todo resultaba extraño y, mientras intentaba asimilar dónde estaba, aún me esperaba otra batalla: el peso.
Hubo instantes durante el recorte en los que, sinceramente, no sabía si lo conseguiría. Esos momentos te enfrentan contigo mismo. Todos vivimos, en cierta medida, condicionados por nuestros recuerdos: recordamos las veces que algo salió mal y tememos regresar a ese lugar. Yo no podía pasar aquellos ocho días mirando hacia atrás; tenía que vivir desde la imagen de lo que quería construir, dejar de hacerlo desde mis recuerdos y empezar a hacerlo desde mi visualización.
Entonces entendí algo que volvería a acompañarme muchas veces: mis pesadillas podían recordarme todo lo que podía salir mal, pero mis sueños eran más grandes. Mis sueños destruían mis dudas.
Conseguí dar el peso, subí al octágono y gané. Después del combate, Dana White se acercó a felicitarme. Me habló de la dificultad de aceptar una pelea con tan poco margen y de haberme enfrentado a un rival duro. Sin embargo, cuando pienso en aquellos ocho días, la victoria no es lo primero que recuerdo
Recuerdo las escaleras y la falta de aire después de correr quince minutos; el teléfono, el contrato, el visado, el hambre del recorte y la incertidumbre. Sobre todo, recuerdo que, a pesar de todo, nunca pensé en dar marcha atrás.
Hay oportunidades que aparecen cuando menos las esperas; incluso pueden llegar cuando menos las deseas. Quizá nunca te sientas del todo preparado para ellas, pero hay trenes que pasan una sola vez. Yo llevaba toda la vida esperando aquel tren y, cuando llegó, no me encontró en las condiciones que había imaginado. No sabía exactamente cómo iba a conseguirlo; solo sabía que tenía que subirme.
Y me subí.
Después de mi debut en Abu Dabi nos fuimos directamente a Miami.
Había conseguido algo con lo que llevaba años soñando: ya era peleador de la UFC. Sin embargo, llegar hasta allí nunca había sido el objetivo final. Yo no había trabajado toda mi vida solamente para estar en la UFC; quería descubrir hasta donde era capaz de llegar.
Y no tardé demasiado en tener otra oportunidad para comprobarlo.
Aproximadamente dos meses después llegó mi segundo combate, esta vez en Las Vegas, contra Damon Jackson. La preparación tampoco fue perfecta.
Durante aquel campamento sufrí una lesión importante en la pierna que me impedía entrenar con normalidad. No podía correr y hubo muchos días en los que tuvimos que adaptar los entrenamientos. Incluso hacía manoplas —esos ejercicios en los que el entrenador recibe tus golpes con unas protecciones en las manos— estando sentado.
Pero ya había aprendido algo: esperar a que todo esté perfecto es una buena manera de no hacer nunca nada.
Así que hicimos lo que podíamos con lo que teníamos. Llegué al combate con aquella lesión, subí al octágono y gané por nocaut en el primer asalto.
Después llegó otra pelea; luego, otra y otra más. Cada victoria me acercaba un poco a algo que, durante muchos años, solamente había existido dentro de mi cabeza: ser campeón del mundo.
Finalmente llegó el 17 de febrero.
Me cuesta explicar lo que significaba aquel día para mí. Era el día que había soñado durante años; el día por el que había entrenado cuando nadie me conocía, el que había imaginado mientras trabajaba para pagar mis competiciones y el que había visualizado antes incluso de estar en la UFC.
Aquella noche iba a pelear por el campeonato del mundo contra Alexander Volkanovski.
No era simplemente otro rival. Era el campeón: un hombre que había dominado la división durante años y que nunca había perdido una pelea en el peso pluma dentro de la UFC. Y yo iba a intentar quitarle el cinturón.
Recuerdo despertarme aquella mañana y acercarme a la ventana. Miré hacia fuera: los coches pasaban, la gente caminaba y cada uno iba a lo suyo. Me hizo gracia pensar que, para prácticamente todo el mundo, aquel era un día completamente normal.
Pero para mí no. Para mí era el día en el que podía cumplir el sueño que había perseguido durante gran parte de mi vida.
Aquello me hizo pensar en algo: la vida no se detiene porque estés a punto de vivir el momento más importante de la tuya. El mundo sigue, los coches continúan pasando, la gente continúa caminando; eres tú quien debe aprender a estar presente cuando llega su momento.
Pasaron las horas y llegó el momento de ir al estadio. Cuanto más se acercaba el combate, más se sentía la tensión.
Hay una parte de pelear que creo que solamente entiende de verdad quien alguna vez ha caminado hacia un lugar sabiendo que, al llegar, alguien va a intentar hacerle daño. Existe miedo; existen nervios e incertidumbre. Y eso no desaparece porque seas profesional, ni siquiera porque tengas confianza.
El valor no consiste en no sentir miedo, sino en no dejar que el miedo tome las decisiones por ti.
Entonces llegó el momento de caminar hacia el octágono. Recuerdo mirar alrededor: las luces, el estadio, la gente, el ruido y mi equipo caminando conmigo. En medio de toda aquella tensión tuve un pensamiento que cambió por completo la manera en la que estaba viviendo aquel instante.
Yo lo había soñado. Había rezado por aquello y había trabajado durante años para estar exactamente dónde estaba. Entonces pensé: «¿Cómo voy a pedirle algo a Dios durante tantos años y, cuando finalmente me lo pone delante, estar demasiado preocupado para disfrutarlo?»
No podía ser tan desagradecido. Yo había pedido aquel momento; ahora tenía que vivirlo.
Y decidí disfrutar: del miedo, de los nervios, del ruido y de aquel camino hacia el octágono. Porque incluso la tensión formaba parte del sueño.
Horas después, todo aquello que durante tantos años había existido en mi imaginación se convirtió en realidad. Gané por nocaut. Me convertí en campeón del mundo.
Había llegado a la cima de aquella montaña y, durante gran parte de mi vida, había pensado que, cuando llegara allí, sentiría algo parecido a una felicidad eterna.
Cuando eres pequeño, imaginas que funciona así. Piensas que algún día tendrás aquello que deseas —el cinturón, el dinero, la casa, los coches, la libertad, el reconocimiento— y que entonces algo dentro de ti dirá: «Ya está. Lo conseguí. Ahora soy feliz».
Sin embargo, a la mañana siguiente de convertirme en campeón del mundo abrí los ojos y descubrí algo que no esperaba. La primera pregunta que apareció en mi cabeza fue muy sencilla:
«¿Y ahora qué?»
Había pasado tantos años persiguiendo aquel momento que nunca había pensado demasiado en lo que existía después. Sentía algo parecido a un vacío; no porque no estuviera agradecido ni porque ganar el campeonato no significara muchísimo para mí, sino porque descubrí que ningún resultado, por grande que sea, puede llenarte para siempre.
Había llegado a la cima de la montaña y, desde allí, podía ver otra montaña.
Entendí que probablemente aquello iba a acompañarme durante toda mi vida. Siempre habría otro objetivo, otro reto, otra cosa que aprender; otra versión de mí mismo que intentar alcanzar.
Tiempo después defendí el título contra Max Holloway en Abu Dabi. Era otro reto enorme: me enfrentaba a alguien que había estado durante años entre los mejores del mundo y que nunca había sido noqueado.
Lo noqueé. Volví a ganar y a vivir una noche extraordinaria. Después regresó la misma pregunta: «¿Y ahora qué?»
Entonces decidí subir de categoría. Dejé vacante mi campeonato del peso pluma y fui a buscar un nuevo reto en el peso ligero. Me enfrenté a Charles Oliveira, gané por nocaut en el primer asalto y me convertí en campeón del mundo en dos divisiones.
Otro sueño. Otra montaña. Otra conquista.
Y comprendí de nuevo lo mismo: no existe una montaña cuya cima pueda hacerte feliz para siempre.
Durante años pensé que mi felicidad estaba esperándome en algún lugar del futuro: cuando llegara a la UFC, cuando tuviera dinero, cuando fuera campeón, cuando defendiera el cinturón, cuando consiguiera otro campeonato… Siempre cuando.
Hasta que entendí que, si sigues viviendo así, se te puede ir la vida esperando empezar a vivir. La conquista más importante me enseñó, precisamente, a dejar de vivir solamente para la siguiente.
Aprendí a disfrutar del camino, porque todo pasa: los momentos buenos y los malos, el miedo, la presión, la victoria y la derrota. Un día estás caminando hacia el octágono con miles de personas gritando y otro estás sentado en silencio contigo mismo.
Nada permanece exactamente igual. Y eso no tiene por qué ser triste; al contrario, es precisamente lo que hace valioso cada momento.
Hoy sigo teniendo sueños enormes. Sigo teniendo hambre y queriendo conquistar cosas que todavía no he conseguido. No quiero perder nunca esa parte de mí, pero tampoco quiero entregar mi felicidad a cosas que aún no existen.
Porque aprendí que el futuro siempre encuentra una nueva montaña. La vida, en cambio, solamente sucede en un lugar: aquí, ahora.
Y quizá aquella fue la verdadera conquista: no convertirme en campeón del mundo, sino aprender a estar presente para disfrutarlo cuando sucedió.
Durante muchos años conocí una sensación: ganar. Había disputado dieciocho combates profesionales; diecisiete noches terminaron como yo quería y una no. Por primera vez en mi carrera profesional, había perdido. Aquella noche conocí también una cara del deporte que nunca había experimentado: las dos órbitas de los ojos fracturadas, el tabique y el pie rotos.
Recuerdo despertarme y mirarme al espejo. Durante unos segundos no reconocí el rostro que tenía delante. Pensaba: «No puede ser. No puede ser que este sea yo». Era difícil sostener la mirada, pero ocurrió algo que quizá resulte extraño desde fuera: mientras me observaba sentía más respeto por mí mismo; incluso podría decir que me quería un poco más.
Yo sabía algo mejor que nadie: lo había dado todo. Había llegado preparado y me sentía bien física, mental y espiritualmente. No necesitaba buscar una excusa. Lo había intentado y aquella noche no había salido; eso era todo. Descubrí que podía vivir con ello, porque, cuando sabes dentro de ti que lo has entregado todo, el resultado duele, pero no te destruye.
No quería volver atrás, borrar aquella noche ni cambiar mi historia. Creo en la voluntad de Dios. Siempre he dicho que, si Dios arruina alguna vez mis planes, quizá sea porque esos planes podían arruinarme a mí. Era muy fácil repetirlo cuando todo salía bien; ahora me tocaba vivirlo. Y lo acepté.
Quizá aquello también debía formar parte de mi historia. Tal vez necesitaba esa experiencia para descubrir una versión de mí que todavía no conocía. Había ganado diecisiete veces y una noche salió mal, pero una noche no puede borrar una vida.
Después desapareció el ruido. Ya no había combate, público, ni rival; estaba yo. Y comenzaron las preguntas incómodas: ¿quién soy después de perder?, ¿sigo creyendo lo mismo que decía cuando ganaba?, ¿mi confianza dependía realmente de un récord?, ¿amo esto solo cuando me devuelve victorias?, ¿quiero volver?
Ocurrió algo que no esperaba: la derrota no apagó el fuego, sino que lo hizo más grande. Tenía más ganas de entrenar, de volver y de hacer las cosas bien. Había tocado el suelo, pero tocarlo no significa quedarse allí; también puedes utilizarlo para impulsarte.
Comprendí que me sentiría derrotado de verdad el día en que perdiera el amor por lo que hago, la ilusión o aquella motivación que me acompañaba desde niño. Entonces sí tendría un problema. Pero no había ocurrido eso, sino exactamente lo contrario: seguía queriendo volver.
Ni siquiera sabía explicar del todo por qué. ¿Amor? ¿Ego? ¿Dinero? ¿Competición? No lo sé; todavía lo estoy descubriendo. Y me gusta poder admitirlo, porque hay preguntas que no necesitan una respuesta inmediata.
Solo sé una cosa: no quiero que pasen veinte años, mirar atrás y pensar que tenía que haber arriesgado más. Prefiero vivir con las consecuencias de haberlo intentado que con la duda de qué habría sucedido si hubiera tenido el valor de hacerlo.
Durante años había hablado de fe, de carácter, de aceptar la voluntad de Dios, de levantarse y continuar. Ahora tenía la oportunidad de comprobar si realmente creía en todo aquello. Porque lo importante no es lo que sabes, sino lo que haces con lo que sabes. Y lo que sabía me sirvió.
Me miré al espejo y pude respetar al hombre que tenía delante. Para mí, eso vale más que cualquier récord perfecto: el resultado decide una noche; el carácter, una vida.
No quiero volver para borrar una derrota. No puedo borrarla y tampoco deseo hacerlo: forma parte de mí. Quiero regresar porque aún deseo descubrir hasta dónde puedo llegar, porque todavía tengo fuego, porque sigo amando el camino y porque ahora vuelvo con algo que antes no poseía: la experiencia de haber caído.
Quiero que, cuando alguien me vea regresar, comprenda algo que no tiene que ver únicamente con las artes marciales: puedes caer en un bache, pero un bache no es una tumba. Tu último resultado no define quién eres.
Puedes perder un combate o un negocio; puedes equivocarte, fracasar mientras intentas construir algo que amas o atravesar una época en la que ni siquiera reconoces a la persona del espejo. Pero, mientras conserves la capacidad de decidir qué haces después, la historia no ha terminado.
Si tuviera delante a un chico de dieciocho años que acaba de fracasar en aquello que más quería, no le diría que es un perdedor. Le diría justo lo contrario: «Lo estás intentando. Ya haces algo que muchísimas personas nunca se atreverán a hacer. Ahora aprende, mira tus errores, hazte las preguntas incómodas, mejora y vuelve a intentarlo».
No quiero que nadie vea en mí a un hombre que nunca cae, porque sería mentira. Quiero que vean a un hombre al que pueden tirar al suelo y que continúa tomando una decisión: levantarse.
No sé cómo será mi próxima pelea y no puedo prometer ningún resultado. Sí puedo prometer algo que depende exclusivamente de mí: no me van a ver dejar de intentarlo.
Cuando era niño pensaba que «ser alguien» significaba conseguir cosas. Después creí que significaba ganar. Más tarde llegaron los cinturones, el reconocimiento y muchas de aquellas cosas que ese niño había imaginado. Hoy lo veo de otra manera.
Algún día no habrá combates ni cinturones; algún día las luces se apagarán. Entonces quedará una pregunta mucho más importante: ¿quién fui mientras todo aquello ocurría?
No puedo controlar por completo cómo me recordará la gente, ni quiero vivir intentando dominar lo que los demás piensan de mí. Las personas cambiamos: yo no soy exactamente el mismo hombre que era hace dos meses y espero no ser, dentro de diez años, exactamente el que soy hoy. Quiero seguir aprendiendo, sorprendiéndome y creciendo.
Pero hay algo que sí quiero conservar. Cuando me mire al espejo, quiero respetar al hombre que veo; saber que fui buen hijo, buen padre, buen hermano y amigo; que cuidé de los míos y tuve valores; que, cuando sentí miedo, avancé; cuando gané, agradecí; cuando perdí, aprendí; y, cuando la vida me tiró al suelo, nunca permití que el suelo decidiera dónde terminaba mi historia.
Después de todo lo vivido, he entendido algo: pueden quitarte una victoria o un cinturón; pueden cambiar un resultado, la opinión de la gente y prácticamente todo. Pero hay una victoria que nadie puede arrebatarte: el carácter.
He estado abajo, me he mirado al espejo y sigo aquí: con más experiencia, más claridad, más fuego y la misma decisión que aquel niño tomó muchos años atrás.
Seguir adelante.
Traducción y adaptación a partir del texto original en español.
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